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Sardinas

19-16-3-8_admin_gf029009 Me gustan toda clase de sardinas: las congeladas en el invierno acompañando un plato de migas, y las frescas del verano con sus ovas, su grasa y sus escamas a reventar.

En el Bobadill de Isla Canela las asan al carbón. Son las del “alba”, pescadas unas horas antes y dispuestas en el mostrador del muchacho de Paíño.  Conservan el cuerpo prieto, plateado, el ojo vivo. Asadas al carbón, al aire libre, es el mejor reclamo para desgustarlas, por su penetrante olor que inunda los alrededores, su olor que todo lo inunda y atrae.

La Cloti decía que las mejores son las de Isla Cristina, y las medianitas del Cantábrico, para freírlas. Las de Agadir no tanto. Daba gusto verla comer aquellas sardinas con el chorrito de aceite, que Jacinto no ha echado en el olvido. Se comen con las manos, las escamas también. Le gustaban “las molías”, “las pelonas”, en escabeche, sopas de sardinas, aquellas frías en las noches de verano, con tomate, con limón. También las del “martes de carnaval”, que tienen el recato de la cuaresma y la desmesura de un disfraz, tal vez porque en el asado, unas veces se pasan y otras no llegan.  No sé si llegaría a probar “las embarricás”, arenques dicen algunos. Esas que vienen en las cajas circulares de madera, muy prensadas ellas, con el color amarillo del rancio. En Gibraleón, los cazadores, en las mañanas lluviosas del invierno, las desayunan con la tostada de pan de pueblo,  ajo, aceite de Oleodiel y la copita serrana de aguardiente. Como a la Cloti, a Emilio Botín también le gustan las sardinas. Dicen que todos los días, sobre las diez de la mañana, ya se ha engullido media docena.

Forman parte con otros alimentos, como las legumbres, ensaladas, frutos secos, una copita de vino al día, de lo que llaman “la dieta mediterránea”. Buenas costumbres que no debemos olvidar. Volver a la comida de casa. La de toda la vida. La de la abuela. Necesitamos creer que aprendimos cosas buenas cuando éramos niños; cosas terrenales y gustosas que sin ser excesivamente caras, nos dejaron una herencia cultural. Resulta que lo que vale es aquello que teníamos delante de los ojos. Ese plato que desprende un olor maravilloso y que nos lleva, como si el tiempo no fuera un capricho de la vida, al entrañable hogar con nuestras madres y abuelas.

 

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2 comentarios el “Sardinas

  1. ¡Qué bonito, papá! A mi Isla Canela a mediodía siempre me huele a sardinas!

  2. Yo hago una mezcla de zumo de limón, aceite de oliva y sal molida a gusto. Luego de lavadas y limpias las sardinas las embadurno con un pincel usando la mezcla antedicha, y las pongo al horno hasta que estén doradas. También puede ser a la plancha o a la sartén. Se comen con picadillo de tomate y lechuga romana. Y el pan tostadito y crujiente.

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