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¿Dónde te has manchado?

Daba gusto verlo. La mostraba orgulloso como botín, o como demostración del gustito que le había dado al cuerpo. Llevar una mancha en la camisa o pantalón, era para él, uno de esos pocos placeres que la vida te regala. Siempre limpio, siempre aseado pero aquello no era placer, era delirio. La mostraba y comentaba. Esta, de esto; esa otra, de aquel día cuando… y así. Todo el menú, era para Carlos una simpleza hasta que no llegara la hora de mojar el pan. A veces, pinchaba el meollo en el tenedor, y con finura de pequeños círculos, lo empapaba. Otras, cuando los comensales eran conocidos, lanzaba con precisión manual el migajón, y lo dejaba que tomara cuerpo. El decía sí con la cabeza y  traía aquella exquisitez, más que con el tenedor, con los jugos salivares, cual perro de Paulov. Maruja lo contemplaba complacida porque sabía que era su dicha.

Hay manchas y manchas. Las hay de las de toda la vida. Son manchas con solera: de vino tinto, de aceite, de bolígrafo, de sangre,  las de la  salsa de Carlos.  Otras, van de puntillas para que no se noten, pero están ahí: una cremita… La camisa y los pantalones varoniles son los lugares donde anidan, sobre todo,  aquellas de las que eres culpable, bien por un descuido en la conversación, o por falta de firmeza  en transportar el bocado o el sorbito. Las de las posaderas, son ajenas a tu voluntad; una brizna de patatas fritas, que ha dejado caer el niño, en la silla de la  terraza del bar que posteriormente vas a ocupar.

Estar con los amigos y mancharte es motivo de alboroto. Hay un paso atrás, inconsciente, de los que están inmaculados. Ella, la patrona, pregunta cómo ha sido y la naturaleza de la misma. Gimeno, experto en estos oficios, que si vino blanco o  casera. Alguien dice los polvos de talco y Mari Toni, mirando al tendido, con un espray caducado, que lo único que echa es aire. Por un momento todos miran, se interrumpe la conversación y el de la mácula, deja la copa en la barra un tanto así avergonzado.

En las solemnidades, sentado como Dios manda al comensal, el varón suele protegerse el traje de los disantos,  con la servilleta sostenida desde el segundo botón de la camisa. Esto ya, no está muy bien visto, por aquellos que dicen, cómo tenemos que ver. A ellas, nunca las he contemplado con la servilleta colocada en la pechera. El equivalente sería, situarla por ese lugar que dicen el canalillo, donde principian los pechos tal como se observa  desde el escote.

Con la edad, las preocupaciones propias de si te has tomado esta o aquella pastilla; si te desvelas sin haber clareado; los nietos al colegio; el medio pan… No había reparado yo, que la patrona, a punto de jubilarse, dice al jubilado: ten cuidado, no te vayas a manchar; ponte la servilleta; límpiate la barbilla; no te suenes con tanta fuerza; no mojes pan, que te manchas. ¡Con qué gusto se paseaba Carlos! ¡Cuánto donaire en su camisa y con qué vuelo lucía sus pantalones!

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Un comentario el “¿Dónde te has manchado?

  1. La gracia de mancharse es saber hacerlo y además saber quitarla a tiempo

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