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La copa de vino

No sabía cómo cogerla. La mano rígida, los cuatro dedos pegados al fuste de la copa y el otro como perdido. No me gustaba. La patrona sabía cómo se preparaba la sopa de tomates y la de ajos. Sabía que el pestorejo asado, con un poquito de sal, era un bocado exquisito. Pero aquello de la copa no era lo suyo. Le habían enseñado los pasos de las sevillanas, la señal de la cruz, decir adiós con ese vuelo que va y viene. Pero lo de coger la copa de vino, ni mijita. Practicamos con la copa vacía, con la copa con agua. Le colocaba la mano, como cuando niño y los palotes.  Debía de tocarla casi con la yema de los dedos, suavemente, delicadamente, como quien lleva algo frágil. El cuerpo debería acompañar a tan elegante cuidado. Y aprendió a valorar el continente, para cuando llegue la ocasión del contenido.

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