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La papá

Me llevó a conocer su tasca favorita. La patrona sabía que aquello era de mi gusto. En Cardenal Cisneros,1, regentado por Alonso Cerro, encontramos un bar  primoroso, limpio y con distinguida clientela. Nada más entrar, nos llama la atención la disposición de los vasos en topetones. En la pared cuelga una tabla con una obra de arte porcina.  Atada a una cuerda, destaca una papá con su tocino veteado. El corte fino, corte de experto, que hace más deseado el bocado. Todo estaría bien si no fuera que era tiempo de cuaresma, y el ayuno no, pero la abstinencia, es de obligado cumplimiento por estos lugares. El tabernero se dio cuenta cómo mis ojos eran cautivos de tan singular papada; blanco y blando  tocino, como corresponde a tocino de cochino de bellota, y el sonrosado de su veta. Misericordioso me miró, y entre dientes, hablando al suelo dijo: No hay nada que hacer.

Yo, que entré con la patrona limpio de pecado, pecador de deseo salí.

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