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El huevo de dos yemas

Fuí durante diez años el más pequeño de la casa. Aquello tenía sus ventajas, sobretodo en lo que a comida se refiere. Cuando aparecía en la olla  un garbanzo negro,  entre una multitud de otro color, ese era para el más chico de la casa. Y uno le daba vuelta y más vuelta, y le perdonaba hincarle el diente. Lo mismo ocurría con la cresta del gallo o con el rabo del cochino. Pero lo más asombroso era cuando aparecía el huevo de dos yemas. Se anunciaba a bombo y platillo y se le mostraba a todo el personal.  ¡Nunca un par fue más alabado!  Se averiguaba cuál fue la ponedora y se hacía un seguimiento exhaustivo. El benjamín sabía para quién era aquel tesoro y se pavoneaba observándolo.

Ahora, de mayor, siguen concediéndome algún que otro privilegio, y eso me lleva al paraiso de la infancia, ese territorio donde se hace  extraordinario lo que ordinario es, y donde  deberíamos  recurrir en tiempo de desasosiego.

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